Son muchas décadas, más de cuatro, que se escucha en España la expresión fracaso escolar, y aunque se puede caer a fuerza de repetición en un vaciado de contenido, es imposible por nuestra realidad con datos tangibles y consecuencias humanas, laborales y económicas, eludirse de lo vigente que está en nosotros.  Hasta el momento presente alrededor de un tercio de nuestros estudiantes no logran  conseguir terminar el ciclo académico obligatorio de nuestro sistema educativo con la obtención del título de ESO.

Resulta igualmente preocupante, considerando las exigencias del nuevo mercado laboral y la de su necesidad de personal especializado y cualificado, el abandono escolar, el cual hace referencia a quien termina la educación obligatoria pero no sigue estudiando después educación secundaria. Cierto es que desde el inicio de este siglo España ha mejorado notablemente, pasando de porcentajes de abandono por encima del 30% al del último dato en 2020 del 16%. Significativamente abandonan sus estudios y formación más los hombres (20,3%) que  las mujeres (11,6%), información obtenida por la EPA en 2020.

Ya escuchar la palabra fracaso genera un sonido en nuestros oídos que nos lleva a una sensación de ruptura. Viene del italiano “fracassare” (fallo) y a su vez del latín “frangere” (romper, estallar).

En España empieza a instaurarse el concepto de fracaso escolar a partir de la ley tecnócrata de Villar Palasí de 1970, ya que con esta innovación revolucionaria para el momento se genera un cambio sustancial dando acceso a la escolarización de todos los niños de todas las clases sociales. La enseñanza obligatoria alcanza con la LGE hasta los catorce años, con la obtención del Graduado Escolar y la opción popularizada de seguir con BUP o con Formación Profesional. Esto concluye con la tradición del aula unitaria, con la doble vía, o sea, alfabetización para los pobres hasta los diez, once años, destinados a hacer trabajos de mano de obra barata y la de los jóvenes de clase media y alta aptos para la formación superior.

También aleja las denominaciones del “retrasado escolar” y del “inadaptado”, vigentes hasta los años 60 y centrados en los niños singulares y no en el sistema.  El primer concepto, habitualmente referido a niños con posibles dificultades cognitivas y otros problemas de aprendizaje en aquel momento desconocidos, y el segundo, a menores que aún “siendo no sólo listos, sino muy listos (quizás actuales AACC), no se ajustaban a la escuela y a obtener resultados”.

Con el reconocimiento de la «credencial mínima» Graduado Escolar,  vino de la mano la asociación del fracaso escolar vs el éxito. Considerando que es sólo un artículo y hay que limitar su extensión, del mismo modo que el emerger de la clase social media o los cambios migratorios condujeron a la necesidad de una educación para todos en los 70, el social en continua evolución de las siguientes décadas llevaron a la reforma educativa de los 90 (LOGSE) y la obligatoriedad educativa hasta los dieciséis, mejorando y evolucionando los Ciclos Profesionales en el intento de responder al mercado laboral.

Desde que la OCDE empezó en los 90 con el estudio PISA, nuestro país periódicamente recibe una llamada de atención por sus pobres resultados y quizás podamos interpretarlo como un toque que nos evidencia la necesidad  de sumergirnos de lleno para resolver las dificultades educativas de nuestros menores.

Causas del fracaso y abandono escolar

Las causas del fracaso y del abandono son múltiples y además interactúan entre ellas pero para tener una referencia diremos que giran en torno a tres ejes: el social y familiar, el del sistema educativo y las centradas en el alumno. El menor los lleva todos ellos a ”sus espaldas”, sea para favorecerlo por su buena combinación sea para perjudicarlo.

Es evidente, en principio, que estaríamos con una probabilidad muy elevada de rozar el éxito escolar en caso de un alumno/a:

  • social acomodado,
  • con una familia estructurada con buena situación económica y cultural,
  • con apoyos sociales,
  • que asiste a centros educativos con preparación idónea de sus docentes e implicación de los mismos, con metodología innovadora…
  • y además de lo anterior, que esté motivado, comprometido en su proceso de aprendizaje,
  • con progenitores que lo apoyan con filosofía de esfuerzo y hábito de trabajo
  • y sin particulares dificultades de aprendizaje.

Pero la situación, como hemos venido observando, es otra y en este momento lo que podemos resolver más rápida y fácilmente es la detección temprana, desde los dos años de edad, con herramientas que faciliten la recogida de información sobre el niño/a y a partir de esta información poder actuar tempranamente.

Podemos encuadrar cuatro tipos de fracaso escolar

Primario, que emerge en los primeros años de escolarización y del que se espera que se resuelva con la maduración evolutiva. Aquí es mejor detectar e incluso descartar que perpetuar.

Secundario, que aparece unos años después del inicio de la escolarización, se caracteriza porque los años escolares previos al fracaso secundario son de muy buenos resultados académicos, pero como de la nada surge el fracaso escolar secundario acompañado de dificultades y problemas. El verdadero obstáculo es cuando se infravalora la situación confiando en la “pseudosolución” del transcurrir del tiempo. Un ejemplo serían niños de altas capacidades no percibidos, que han vivido “de escuchar” los primeros años hasta que “han desfallecido de aburrimiento” y han perdido todo interés por el aprendizaje escolar.

Circunstancial, que es transitorio y aislado

Habitual y constante, que ha acompañado al niño desde el inicio y que suele estar relacionado con problemas inherentes al menor (retrasos, trastornos del desarrollo)… Hay que atender a los alumnos que pasan por fracasos puntuales así como asistir desde el momento cero a los habituales ya que con la detección podrán conseguir el apoyo y la intervención adecuada y lograr potenciar sus posibilidades así como poder trabajar con sus comorbilidades.

Las consecuencias del fracaso y el abandono escolar alcanzan como la expansión de una onda desde el micro al macro a todo el sistema. Empezando por el alumno que se ve afectado en su autoestima, en su autoconcepto y en la falta de confianza en sí mismo y en su proyecto futuro ya sea laboral que social. También el sentimiento de fracaso acompaña a los alumnos y pone en el punto de mira al sistema educativo.

La familia se preocupa y angustia por sus hijos y su porvenir e incluso los dan por perdidos. El social y el mercado laboral se empobrece en cuanto capital humano y cultural. Resulta muy gráfica la colisión del fracaso en palabras del Quijote”…hender gigantes, desbaratar ejércitos y fracasar armadas…”.

Prevención y detección temprana

En el momento presente no podemos eludirnos, como en los años 50 y 60 del siglo pasado, en el desconocimiento de las dificultades de aprendizaje o necesidades educativas en la etapa infantojuvenil ya que, no sólo podemos detectarlas y ponerles nombre, sino también intervenir y solucionar. Para resolver, siempre primero y ante todo, hay que saber y conocer.

Con herramientas como dide , disponible para profesionales y también para familias, podemos obtener de forma sencilla y no invasiva una amplísima información del menor en todos sus ámbitos mediante 35 indicadores. A partir de los resultados podemos actuar para prevenir, para potenciar y para frenar el fracaso y el abandono.

Es posible detener el fracaso y el abandono escolar, empecemos desde la base, desde los cimientos, desde el germen de nuestra sociedad que son los niños, detectemos desde la primera infancia, lo podemos hacer a través de dide e intervengamos, no hay peros ni contras, son todo pros.

 

“El  simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo”