El síndrome de Asperger es un trastorno del desarrollo que se incluye dentro del espectro autista y que afecta la interacción social recíproca, la comunicación verbal y no verbal, una resistencia para aceptar el cambio, inflexibilidad del pensamiento así como poseer campos de interés restringidos y absorbentes.

El niño con síntomas leves resulta a menudo no diagnosticado y puede parecer raro o excéntrico. Veamos el caso de Miguel:

“Hoy tengo veinte años. Mi habitación es mi refugio seguro, mis libros están perfectamente ordenados, por temas, del mismo modo que el contenido de mi ordenador así como del resto de mis pertenencias personales, ya sean cajoneras, armario. Para mí es importante y esencial que permanezca con mi organización. Me da tranquilidad, estabilidad, y me perturba que se verifiquen modificaciones. En mi escritorio, bien a la vista, tengo un calendario-agenda en el que señalo mis tareas y horarios, todo establecido.

Es mi mundo conocido y previsible. Vivo con mis padres, los cuáles saben cómo soy y me quieren y respetan. Ellos siempre han permanecido a mi lado. Mi madre me comenta más de una vez mi similitud en todos los aspectos a mi padre.

Desde muy pequeño, tenía cuatro años, empecé a coleccionar fósiles, de los que en la actualidad poseo un gran número, todos ellos clasificados. Siempre he disfrutado hablando de ellos, y no obstante mi incipiente edad de entonces, ya mostraba un conocimiento inusual.

 

No me gustaba jugar a lo que querían los otros niños y yo me apartaba. Se metían conmigo, me decían palabras inadecuadas y emitían insultos.

 

Yo solía callarme y aislarme hasta que empecé a empujar y a explotar. Mis movimientos eran torpes,  me caía y tropezaba con facilidad. Para mí eran penosas las actividades de grupo. Me distraía rápidamente de aquellas tareas escolares que no eran de mi interés y una y otra vez oía reproches de la maestra.

Durante la etapa de primaria y después la de secundaria se sucedían las reuniones de mis progenitores con los diversos maestros y profesores. Les decían que me ausentaba mentalmente, que me ponía pesado y locuaz con mis monotemas, que no participaba con los demás, que no entendía ni las bromas, ni las ironías, quedándome perplejo y sin respuesta cuando me las hacían y  en otras ocasiones me ponía a reír solo sin entender los demás el por qué, que no miraba a los ojos a los demás, ni reconocía el significado del lenguaje no verbal, que no mostraba empatía ni sensibilidad… De otra parte manifestaban a mis padres que yo era un chico inteligente, con un dominio del lenguaje por encima de la norma en conceptos, incluso pedante, sobresaliente en algunas áreas y temas, pero que estaba “fuera de lugar”, que era “raro”. Les expresaban a mis padres si me protegían mucho, si me mimaban, que tenían que facilitar mi autonomía. Mis compañeros no se acercaban a mí y mayoritariamente me rechazaban.

Yo quería volver, tantos días a mi casa, dejar el colegio o más exactamente no quería ni ir al centro, al aula. No sé explicarlo pero me sentía mal.

Estaba nervioso, inquieto, me costaba permanecer sentado, tenía impulsos, perdía la atención de las explicaciones, a no ser que fuera un tema como las matemáticas que me interesaban mucho y mi concentración era superior. Hacía movimientos repetitivos y empecé a reaccionar con rabia. Mis padres me llevaron a un especialista y les indicaron que yo era un TDAH, incluso tomé medicación. Recuerdo particularmente lo mal  que me encontré sin poder especificar el cómo ni el por qué.  Mis padres decidieron que abandonara el tratamiento.

De una forma u otra, con más o menos dificultad, conseguí superar las pruebas académicas e ir superando cursos, siempre con la ayuda de mis padres.

Llegada la edad y tal como se me explicó oportunamente tuve el cambio hormonal  normativo, pero yo cada vez estaba más aislado de mis compañeros, yo no los comprendía a ellos, ni ellos a mí.  Yo cumplía con mis deberes y normas. Pasaron de ignorarme a ser excesivo objeto de su atención. Me resultó un castigo que no entendía el soportar de forma excesiva lo que ellos “llamaron bromas”. Insultos, sustracción de mis pertenencias, divulgación ofensiva de mi persona por los móviles… Aún en la actualidad no entiendo su modo de actuar. Hubo intervención por parte del centro escolar para detener esta persecución. Después de una temporada de estar sufriendo la situación un día en el aula me sentí que me fallaba el corazón y que no podía respirar, pensé que me moría. Ya hacía tiempo que notaba cambios en el latido de mi corazón así de repente, que me dolía la musculatura superior más de lo normal, que se me secaba la boca, que aún dormía peor de lo que siempre lo había hecho, que sentía miedo, pero después pasaba y hasta la próxima.

Me llevaron al médico y con casi diecisiete años, después de las exploraciones convenientes y el estudio de mi historial, el doctor nos informó a mis padres y a mí que yo padezco Síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista. También  presentaba la comorbilidad ansiosa depresiva.

En el presente curso una ingeniería con temas que me interesan altamente y con los que me concentro fácilmente.  Manejo adecuadamente la ansiedad y he superado la depresión. Desde mi diagnóstico inicié una terapia psicológica y de habilidades sociales. Estoy comprobando ciertos progresos en cuanto a las relaciones sociales.

 

Pienso que si hubiera tenido una detección temprana del Síndrome Asperger que padezco, habría avanzado mucho más rápidamente y sin los numerosos problemas con los que me he tropezado.

 

Mi madre me dice “que no me queje, que soy un afortunado y que otros querrían mi suerte”. Mi primer pensamiento es decirle que expresa cosas absurdas pero estoy aprendiendo a pararme y analizar eso que llaman lenguaje figurado, poco literal y sincero”.

 

Detección temprana del Asperger y otras dificultades del aprendizaje y desarrollo

 

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