Uno de los problemas más frecuentes que emergen en la población infanto juvenil es el de la desobediencia y las conductas disruptivas en el aula, habiéndose incrementado en las últimas dos décadas. En sentido muy aséptico obedecer es cumplir la voluntad de quien manda. Son muchos los padres que se lamentan de que su hijo no hace caso de nada, que va a la suya, que no escucha, y que le da lo mismo si se le premia o se le castiga, que… y lamentos y quejas por doquier.

Además del vínculo afectivo en la familia es necesario el orden y la autoridad paterna, que no el autoritarismo

En el desarrollo psicoevolutivo de los infantes los períodos más complejos en cuanto a la desobediencia son los de afirmación personal, o sea, el primero entre dos y cuatro años y el siguiente el de la entrada en la adolescencia. De forma global en los tres primeros años de vida las dificultades giran alrededor de los hábitos de sueño y alimenticios, de los seis a los nueve el incumplimiento de las normas y el estudio y en la adolescencia las tácticas de negocio y comunicación con un hijo que ya no es un niño pero tampoco es un adulto.

 

Desobedecer en alguna ocasión no solo es normal sino saludable, el problema es cuando es lo habitual e incluso se cronifica

 

Existen dos pilares en la educación parental, uno es el afecto y la aceptación del menor tal como es con una buena dosis de tolerancia y otro la autoridad. No basta un amor incondicional. Entendamos autoridad como una cualidad mediante la cual una persona tiene un ascendente sobre otra, definiendo  ascendente como influencia, prestigio, poder. El fundamento de la autoridad nace de una buena relación afectiva. Si el menor se siente gratificado por los progenitores, si sabe que él es importante para ellos, de esa sólida relación amorosa emergerá por parte del hijo un respeto profundo y auténtico, una admiración e incluso unas ganas de imitar a los padres.

 

La autoridad da seguridad y la seguridad permite crecer y avanzar. Es necesario que los progenitores educadores sean conscientes de que tienen que hacer cumplir lo que ordenan

 

La autoridad hay que encauzarla y canalizarla, conteniendo el desbordamiento del menor. Cuando el niño descubre que cuando se le ordena algo nunca es en vano, y el adulto se muestra enérgico haciendo cumplir la orden dada, el niño aprende a obedecer. Y aunque esté molesto y frustrado por la contrariedad, se sabe mandado por un ser querido, que además se manifiesta constante y enérgico, ello le da seguridad. De él se puede fiar. El adulto gana crédito, confianza, respeto e incluso aumenta su cariño. No se trata de dar muchas órdenes, ni de hacer muchos reglamentos, ni de gritar sino de saber dar una orden y ser capaz de hacerla cumplir, sin nada a cambio, ni premios ni castigos.

Los progenitores tienen el derecho y el deber de actuar con autoridad ante sus hijos. De no hacerlo se puede caer en una actitud negligente ante el hijo, incluso en que el menor se pueda percibir  abandonado.

 

Renunciar a la autoridad por miedo a actuar, por pereza, por desidia, por principios libertarios…  es un  error con consecuencias para los menores. Ceder por comodidad es lo más fácil (ejercer la autoridad no es cómodo, ni fácil, ni bonito) pero no es la mejor manifestación de amor paterno.

 

Presupongamos que los progenitores han establecido con su hijo una adecuada relación de afectividad y de autoridad, que la dinámica familiar es saludable, respetuosa y fluida y no obstante nos encontramos con un menor recalcitrantemente desobediente entonces habrá que valorar factores como la edad, la personalidad y posibles trastornos.

Si lo que queremos es que el menor reduzca al máximo sus conductas desobedientes o disruptivas, lo adecuado es también hacer especial hincapié en aumentar las conductas “deseables”. El refuerzo es uno de los recursos más influyentes a la hora de aumentar cualquier tipo de comportamiento. Sin embargo, hay que saber utilizarlo bien y no abusar de él. El menor debe conocer tanto las consecuencias negativas de su conducta desobediente como las positivas de su comportamiento obediente.

Es fundamental explicarles a los hijos que siempre les deben hacer caso a los adultos con quienes quedan a cargo. Los padres deben cumplir lo que prometen e inculcarles desde temprana edad las rutinas. Con los hábitos, los menores se disciplinan en sus actividades y, de la misma manera, aprenden a obedecer órdenes de los mayores. Sin embargo, el hecho de que un niño no cumpla una orden de un adulto, no quiere decir que sea desobediente. Ahora bien si el niño está habitualmente en sublevación puede tener un retraso evolutivo, poca comprensión del lenguaje, déficit de atención o trastorno de posición desafiante.  Si nos encontramos con que el niño en la casa es terrible y en el colegio un ‘santo’, o viceversa, se deben revisar las estrategias de educación. En alguno de los lugares están fallando con las pautas de crianza.

Un niño que siempre se porta mal, es un niño que no ha aprendido a posponer su gratificación, no puede renunciar al placer inmediato en espera de una satisfacción mayor que puede lograr a través de medios socialmente aceptados, es más, suele tener una baja tolerancia a la frustración.

Es necesario valorar si el menor está sometido a excesivas demandas o cansancio, también si ha pasado por una serie de experiencias que han alentado la mala conducta y se ha quedado con una “etiqueta” de imposible. En ocasiones el menor está recibiendo una educación con órdenes discrepantes y paradójicas.

 

También es frecuente encontrarse con padres muy ocupados y que por razones varias no le hacen mucho caso al hijo y para obtener su atención, el menor los contraria, prefiriendo el castigo que la indiferencia.

 

Más específicamente se habla de  conducta de desobediencia cuando el padre, madre, abuelo, maestro… pide que el niño realice una conducta y éste no la hace, o comienza a hacerla en un intervalo de tiempo superior al establecido. Si se le solicita al niño que interrumpa su conducta actual, o que no empiece una conducta que está a punto de ocurrir, y el niño no lo hace antes del tiempo prefijado (20 segundos). Incumple una conducta que se ha establecido por norma. Lleva a cabo conductas que explícitamente se le han prohibido. 

Un niño tratado con indiferencia o exigencias desmedidas es normal que se muestre desinteresado, carezca de motivaciones y se porte mal constantemente. En general, un niño que manifiesta crónicamente estas conductas está pidiendo a gritos que le presten atención.

Detección temprana e identificación de la desobediencia y conductas disruptivas

A través de la metodología dìde, se puede llevar a cabo una evaluación orientadora del perfil del alumno para la detección precoz de la conducta de desobediencia, y la posibilidad de discriminar otros indicadores, hasta  un total de 35, de diversas dificultades emocionales, comportamentales, de educación y aprendizaje así como de desarrollo y social, abarcando las edades desde los 2 a los 18 años, realizando un cribado eficaz y facilitador para el éxito del desarrollo del menor. Y todo a través de un sistema automático, sencillo, seguro y eficaz.

Los padres también tienen la posibilidad de gestionar esta herramienta en cualquier momento en el que vean que su hijo/a tiene un comportamiento que no entienden. Dide familia les facilita información para poder comprenderles y buscar ayuda del profesional.

 

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dide identifica hasta 35 indicadores que intervienen en el aprendizaje y desarrollo desde los 2 a los 18 años

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